Redacción

La Semana Santa de Alpandeire, una tradición que late entre silencio, fuego y emoción

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Uno de los momentos más esperados del año para los vecinos y vecinas de Alpandeire es, sin duda, la Semana Santa. Días en los que el tiempo parece detenerse para dar paso a la emoción compartida, al recogimiento y a una tradición profundamente arraigada que ha sabido mantenerse viva generación tras generación.

La celebración arranca el Domingo de Ramos, cuando las puertas de la Iglesia de San Antonio de Padua, conocida como la “Catedral de la Serranía”, se convierten en punto de encuentro para la bendición de palmas y ramas de olivo. Tras la eucaristía, los vecinos adornan balcones y ventanas con estos símbolos, que permanecen engalanando el municipio durante toda la semana, impregnando cada rincón de identidad y devoción.

El recogimiento se intensifica con la Hora Santa frente al Santísimo, que tiene lugar en la noche del Jueves Santo. Ya el Viernes Santo, tras la celebración de la eucaristía, la emoción alcanza uno de sus momentos más profundos con la procesión de La Soledad, que comienza pasada la medianoche. En un sobrecogedor silencio, iluminados únicamente por la tenue luz de las velas, los panditos acompañan a la Virgen en un ambiente cargado de solemnidad. Antiguamente, este instante se enriquecía con el vuelo de palomas, la declamación de poesías o el desgarrador canto de saetas, que rompían el silencio de la madrugada para intensificar aún más la emoción.

El Sábado Santo llega con otro de los rituales más simbólicos: la hoguera encendida a las puertas del templo antes de la misa vespertina. Los fieles acceden al interior con velas encendidas, mientras la iglesia permanece en penumbra hasta que, en el momento de la Resurrección, la luz irrumpe y las campanas anuncian la victoria de la vida, llenando de júbilo el ambiente.

Paralelamente, la naturaleza y el trabajo colectivo cobran protagonismo. Desde el Viernes, muchos vecinos salen al campo en busca de un chopo, elemento esencial para el Domingo de Resurrección. El Sábado, además, se recogen ramas, flores aromáticas y otros materiales con los que se construye el tradicional Huerto del Niño y se engalanan las calles. En esta labor desempeñan un papel fundamental los mayordomos de la Semana Santa —dos hombres y dos mujeres—, responsables de coordinar los preparativos y custodiar el legado de esta celebración. Esa misma noche, como marca la tradición, se reúnen para elegir a quienes asumirán esta responsabilidad el año siguiente.

El Domingo de Resurrección, la fiesta alcanza su culmen. Por la mañana, el Niño del Huerto es trasladado hasta la plaza, donde se instala en su chozo y se da paso a un ambiente festivo con música y convivencia. Ya por la tarde, tiene lugar uno de los momentos más esperados: el encuentro entre la Virgen y su Hijo, escenificado en la plaza tras el traslado de la imagen desde la iglesia. Después, ambas figuras regresan en procesión al templo.

La jornada continúa con la quema de un muñeco de paja que simboliza a Judas, colocado en el tronco del chopo, en un acto cargado de simbolismo popular. Finalmente, la Semana Santa se despide con una última procesión al caer la tarde, en la que la Virgen y el Niño del Huerto recorren las calles de Alpandeire, poniendo el broche a unos días en los que tradición, fe y comunidad se entrelazan de forma única.

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