La asociación de mujeres La Alegría Pujerreña ha vuelto a poner en pie una estampa que durante años permaneció dormida en la memoria colectiva del pueblo: la tradición de ‘vestir’ la cruz con motivo de las Cruces de Mayo.
Desde hace ya varias primaveras, coincidiendo con estas fechas, las integrantes del colectivo se reúnen en el mirador para engalanar la cruz con flores y adornos elaborados a mano. No es un gesto improvisado ni meramente decorativo, sino realidad, la recuperación consciente de una costumbre profundamente arraigada en la historia local.
Los mayores de Pujerra aún recuerdan —o más bien, transmiten— cómo antaño el municipio se organizaba en torno a esta tradición. Existían dos grandes cruces situadas en las afueras: una en el entorno del actual Mirador de la Cruz, cuya ornamentación corría a cargo de los vecinos del Barrio Bajo; y otra junto al cementerio, responsabilidad de los habitantes del Barrio Alto. Aquella división no solo marcaba el territorio, sino también el pulso comunitario de un pueblo que encontraba en estas celebraciones una forma de identidad compartida.
Hoy, el empeño de La Alegría Pujerreña pasa por consolidar esta recuperación y convertirla en una cita fija del calendario, evitando que la tradición vuelva a diluirse. Para ello, subrayan, resulta clave implicar a las nuevas generaciones, llamadas a recoger el testigo y garantizar la continuidad de estas costumbres.
La memoria de las cruces no se limita al espacio público. Durante décadas, también formaron parte del interior de las viviendas, donde pequeñas cruces eran adornadas con envoltorios de dulces, turrones o mantecados, una práctica humilde pero cargada de simbolismo. Parte de ese legado puede contemplarse hoy en el Museo de la Castaña, testigo silencioso de las tradiciones que aún resisten en el tiempo.



